1.
“Ven a conocer a mis hermanos a casa de Francesco”, me escribe Sioux a las pocas semanas de conocernos, el 3 de noviembre de 2002.
En el umbral de la puerta le estrecho la mano a Théo y a continuación me agacho para besar a Inès y Maud. Théo es un muchacho inocente, un pelirrojo loco y provocador, vulnerable y mágico al mismo tiempo. Inicia una conversación sobre surf con una chica italiana mientras se traga el humo de un canuto. Maud es masculina pero sofisticada. Discute con Sioux en un rincón y luego regresa con Inès, la más pequeña, que va de un lado a otro interactuando con los invitados de forma muy graciosa.
Por aquel entonces Inès es una niñita dentuda de cara inexpresiva, sin terminar, pero en unos años se hará rotundamente bella.
Sioux me sirve otro trago y le pregunto por sus libros de arte de este cuatrimestre. Ella me dice que hasta ahora todo va bien, pero que hay algo en sus estudios sobre pornografía que ha empezado a inquietarla. Se queda pensativa. Dice:
“Es una fuerza imparable”.
Y luego:
“Parece una tontería tratándose de arte porque, ¿no es precisamente esa una de sus metas?”
Y añade:
“Perturbarnos”.
“Plantearnos cuestiones insoportables”.
“Pero esa obsesión por impactar puede enterrar su credibilidad si la obra se limita únicamente a eso”.
Y luego:
“¿Cuánto dura un impacto?”
“¿Unos segundos?”
“Tal vez más”, digo.
“Algunas obras de arte pueden marcarnos de por vida”.
Ahora hablo con Sioux sobre la historia del porno, sobre cortometrajes de principios del siglo XX, pero ella se remonta a esculturas de pechos y vulvas del paleolítico.
“Lo que más me preocupa no es la existencia de la pornografía en sí”, dice
“Son sus avances”
“Hace solo unas décadas la pornografía era un impulso enterrado en el fondo de la psique”
“El consumo de pornografía era un placer culpable que no dejaba de ser residual”
“Pero hoy cada vez más gente vive conectada a esa parte pornográfica”
La pareja a nuestro lado ha empezado a besarse. Sioux sonríe. Sus lenguas son un ring de pulpos boxeando, un limo pegajoso que va de boca en boca.
“Lo que quiero decir es que la pornografía ya no es tan solo un eco en el fondo de la mente”.
“Hoy el impulso sensual está en la superficie y muchos lo emplean a todas horas para socializar”.
Théo me pasa el canuto y Sioux dice que le ilusiona pensar que entre las cualidades más importantes del arte siguen estando la armonía y la belleza, pero que hace ya varios siglos que el arte ha desistido de la importancia de la estética.
Le respondo que sí, que al igual que la filosofía, el arte hoy es sobre todo una forma de recorrer el límite, de asomarse a él, de experimentarlo, que en multitud de ocasiones la obra prácticamente no importa.
Sioux se queda en silencio.
Me dice que es curioso, pero que el arte ha empezado a preocuparle del mismo modo que la ciencia.
Observa mi rostro inexpresivo. Añade:
“Piensa en la modificación de embriones”.
“Piensa precisamente en el límite”.
Théo sigue hablando sobre surf y yo respondo que es genial que el arte sea capaz de generar el mismo rechazo que la manipulación genética precisamente porque no hay víctimas humanas en ello.
“Nadie se muere en las galerías o museos”, digo.
Pero Sioux no está de acuerdo. Para ella la conversación del arte trasciende el espacio expositivo, y doblegar la ética de una sociedad, transportarla a un territorio más sensual, más pornográfico, por supuesto tendrá víctimas.
Inès se acerca y la conversación se interrumpe. Mientras reímos con ella, Sioux se gira y me dice:
“Y no me refiero con ello al gesto biológico y lúdico de la naturaleza”.
“No me refiero únicamente al sexo”.
“Me refiero a sacar el sexo de los confines del desnudo”
“A extraerlo de ese contexto preciso”.
“Sexo de golpe en las miradas, los gestos, las decisiones”.
“El sexo como la acción invisible del cuerpo social”.
“Como la acción brutal del cuerpo contra el mundo”.
2.
Conozco a Sioux con apenas veintidós años. Laura acaba de volver a Madrid para terminar su licenciatura bilingüe en Informática y comparte piso con más chicas. Ese día me paso a visitarla y Sioux entra en el salón e intercambian unas frases sobre las compras de comida.
Laura dice que los supermercados en Francia tienen mucho más género.
Sioux se queda en silencio, pero Sandra, la compañera de piso alemana, responde que es posible medir el grado de sofisticación de una sociedad únicamente por los estantes de sus supermercados.
Sioux me cuenta que estudia Bellas Artes.
“¿Eres artista?”, pregunto.
“Sí”.
“¿Qué es lo último que has hecho?”
“Una serie de esculturas de insectos gigantes”.
Sioux me explica que ha construido moscas a escala humana que están ocultas en la cabaña del jardín de sus padres. También ha creado saltamontes que parecen sacados de una película de David Cronenberg y planea abandonarlos en las plazas de Madrid a modo de performance.
Yo le digo que escribo.
“¿Eres escritor?”, pregunta.
“Periodista”, respondo.
Hace solo unos meses he empezado a publicar en El País y cuando ella me pregunta qué se siente al escribir yo respondo que es genial y sencillo y aterrador y complicado al mismo tiempo.
Cuando hablo de escribir nunca consigo transmitir un entusiasmo sincero.
3.
La semana siguiente huimos de la universidad y comemos en un Pan’s and Co. Primero paso a recoger a Laura y Sioux a su piso en Benito Gutiérrez y se suma Marcos, y es gracioso escucharle parlotear francés mientras Sioux le responde en un castellano todavía precario. Luego volvemos al piso de las chicas y hojeo el libro de pintura pornográfica en la mesilla de Sioux, unas pollas que son manchas de pintura, y al levantar la vista contemplo por primera vez el hueso superior en su nariz, un gran bloque blindado apuntalando su rostro. Nos sentamos en el salón con el libro y ella me dice que lo erótico incluye una búsqueda estética, que se persigue el erotismo como se persigue la belleza, que lo erótico es una representación artística de la sexualidad no violenta.
Luego tuerce el gesto. Añade:
“Parece ser que lo pornográfico implica alguna forma de agresión, busca una reacción física o una fricción ética con el espectador, hay exhibicionismo y voyeurismo en ello, se aproxima mucho más a la cultura de lo obsceno”.
4.
Dos días más tarde dejamos a Laura en casa y salimos ella y yo solos por primera vez. Le digo que nos veamos en el Número Uno de la calle del Pez, en el piso de abajo que es como una ciudad a oscuras. Pasamos los primeros minutos hablando de mis viajes a Asia, de sus viajes a Marruecos, surge por primera vez la figura de su ex novio, Viggo, de sus acciones románticas, las declaraciones, las flores en la repisa de la ventana, y cuando estamos a punto de marcharnos, ella cambia de idioma para hablar de cosas más trascendentales.
“D’accord”, dice.
“Écoute”.
Mientras Sioux va lanzando aquellas frases de prólogo, siento que se asientan los primeros ladrillos de nuestra relación. Aún así me hago el esquivo. Le digo que no sé.
“¿No sabes qué?”
“No sé quién eres, Sioux. Acabas de llegar a Madrid y casi no hemos tenido tiempo de conocernos”.
Ella responde que el tiempo es relativo:
“Ya han pasado dos meses desde aquel primer día”, dice
Y luego, rematando la conversación:
“Yo necesito muy poco para saber quién eres, Guille”.
“Y menos aún para saber que me gustáis”.
“Tanto tú como la ciudad”.


